El otro día un chico me pregunto si alguna vez había estado de novia y le dije que no. No me creyó, y estaba seguro de que le estaba mintiendo. Le pregunte por qué a la gente le parece tan extraño eso, y me contestó que es porque era muy linda, y suena raro que nunca haya “encontrado” a alguien.
Y freno acá.
Me encanta la relación que la gente hace de la belleza con estar en pareja. Me encanta porque, sinceramente, no encuentro la relación. Partamos de la base que si una persona está sola es porque lo elige. Porque hasta el más feo del mundo podría estar de novio si quiere. El tema está en cuánto te llegas a conformar con la otra persona. Y no hablo de conformarse físicamente, si no con lo que te haga sentir.
Este tema lo pienso siempre. Sí, no me voy a hacer la que no, la que me chupa un huevo. Me da muchísima curiosidad. Siempre que veo parejas pienso: “¿entenderán que tuvieron la suerte de que los dos se gusten el uno al otro? ¿Que cada uno, no tiene ganas de estar con otra persona que no sea el otro?” Es que es tan difícil coincidir en tiempo, lugar, y encima que sea correspondido. Y sin embargo, hay tanta gente en pareja. Por eso no lo entiendo. Por eso llego a la conclusión del conformismo. Si bien debe haber parejas que sí se amen, y que tuvieron EL CULO de que salga todo perfecto, la mayoría se conforma. Se conforma con alguien que quizás no le genera mucho, pero prefiere eso antes que sentirse solo.
Y yo creo que podría bancarme todas, menos esa. No podría soportar la idea de estar con alguien que no me genere nada. Y tal vez sí, soy exigente, pero con lo que quiero que me haga sentir el otro.
Yo conozco, pruebo, intento. No voy a decir que no necesito a alguien al lado. Que no me mata de curiosidad qué se siente enamorarse. Porque lo único que conocí es toda la parte fea del amor: la desilusión, la melancolía, la obsesión. El no correspondido, mi karma.
Pero tengo fe, porque sé que me espera algo increíble. Lo sé. Y si no, me comeré el mal flash, pero sabré que lo intenté. Como todo en esta vida.
Y qué tanto, si no. Qué tanto si nacemos y nos vamos al otro lado solos. Qué tanto, si al cielo no se llega de a dos. Qué tanto, si lo que quedan son las cosas que construimos por nuestra cuenta, nuestros objetivos personales.
Que si llega está buenísimo, pero si no, también.
Basta con esa idea que nos meten de chiquitas de que “un príncipe azul” nos va a salvar. Nos salvamos nosotras solas.